El zen de los demonios: la verdadera paz que incluye todo

«Es fácil entrar en el mundo de Buda.
Es difícil entrar en el mundo del demonio»
Ikkyu Sojun (1394–1481), poeta y monje zen japonés.
A escasos kilómetros de nuestro templo Sofu-ji, «Viento ancestral», se deposita la basura de la gran ciudad de Medellín y de muchos pueblos cercanos. A menudo, los aromas fermentados y dulzones de este relleno sanitario llegan hasta nosotros justo cuando estamos sentados en zazen, abiertos a la impermanencia y al flujo continuo de las formas que aparecen y desaparecen todo el tiempo.
Ese aroma penetrante termina siendo parte de la agitación de nuestras mentes en las que también se fermentan de manera infatigable pensamientos, sensaciones, recuerdos, emociones… Sentados sobre el suelo, con las piernas cruzadas, el eje de la gravedad que atraviesa nuestra columna vertebral nos ayuda a recordar la importancia de la rectitud para el balance y el equilibrio de nuestras vidas.
En la quietud y el silencio de zazen tenemos la capacidad de percibir la ilusión dolorosa y banal que separa el mundo interno del mundo externo. Todos los budas y ancestros nos enseñan que «nada está separado». Todo lo que existe está íntima e indisolublemente unido. Nada es solo por sí mismo, todo es «interser», como bellamente nos lo enseñó el maestro Thich Nath Hanh.
Somos el comprador que elige sus productos, somos las mercancías que adquirimos y somos la basura que se deposita en el relleno sanitario. Aunque quisiéramos lavarnos las manos, no somos solo víctimas de la sociedad del despilfarro y el consumismo; al mismo tiempo somos actores consagrados y colaboradores acérrimos de la sociedad a la que pertenecemos. La basura no es algo separado, algo que se arroja, que se deposita en el relleno sanitario. Esa basura, cuyo olor puede resultarnos desagradable, es el después de nuestros deseos y consumos, es el después de nuestros hábitos compulsivos. Diariamente, de forma directa e indirecta, cada ser humano produce aproximadamente un kilo de basura que, literalmente, es la continuidad (reencarnación) de su ser.
Muchas personas no son conscientes de la realidad de las basuras que producen y arrojan de manera irresponsable. Como practicantes del zen, decidimos ser responsables de todo. Nuestra forma de «ser responsables» es incluir todo, no rechazar nada, no excluir nada. Como el oficio de este gran «relleno sanitario» que se encuentra a pocos kilómetros de nuestro templo, nos sentamos en zazen para asimilar, procesar, depositar, asentar, compactar, disimular, purificar, «sanitizar», desinfectar nuestras mente-corazones de toda la basura interior y exterior que producimos y cargamos con nosotros. Esto corresponde al «darse cuenta y soltar», que es la dirección correcta de nuestro zazen.
También, en términos budistas, podríamos decir que la basura es la consecuencia de nuestros consumos, es el karma de nuestros actos de consumo. La basura es una de las evidencias más poderosas de cómo los seres humanos, la gran civilización humana, producen karma dañino directamente relacionado con el cambio climático y la extinción masiva de especies. Es tan poderoso este karma que flota como islas inmensas en todos los océanos. Tan grave que, en forma de microplásticos penetra en todos los seres vivos y se deposita por todas partes, sin que podamos saber aun con certeza todas las consecuencias que traerán.
Pero mientras muchos esperan que el mundo de afuera cambie, que cambien las políticas y las leyes, que cambie la sociedad, en el budismo, en el zen, en muchas vías espirituales auténticas, el único cambio verdadero y sostenible viene de adentro, empieza en cada uno. La basura externa es un problema social de una inmensa magnitud que solo se podrá resolver con la responsabilidad consciente de muchos, de la mayoría preferiblemente. Pero esto no sucederá mientras se espere que lo importante del cambio venga de afuera.
Los que buscan la Vía, los que buscan y encuentran el Dharma, nacen de la consecuencia de un momento en que el peso abrumador del sufrimiento y la insatisfacción los obliga finalmente a dirigir la luz hacia el interior y tomar la firme determinación de «parar y ver».
Budas y ancestros han enseñado un método infalible para limpiar el karma: ¡zazen! Sentados en zazen, aunque nuestra mente rumiante continúe activa y al comienzo sea tan difícil detenerla, a través de nuestra postura y el esfuerzo sostenido de darse cuenta y soltar, somos capaces de comprender la esencia de la Gran Sabiduría: «las formas son el vacío, el vacío es las formas», y con esta comprensión podemos superar el miedo y avanzar resueltamente hacia la orilla del Despertar.
* * *
Hay una historia budista que me conmovió en lo más profundo desde la primera vez que la leí. Es la historia de Angulimala, uno de los grandes discípulos de Buddha que llegó al Despertar y fue reconocido como un arhat, como un santo budista; aún hoy en día es venerado como el protector de las mujeres que sufren en el parto. 1
Pero Angulimala había sido, antes de volverse discípulo de Buda, un hombre malo, cruel, el más malo y cruel que uno pueda imaginar. Fue un asesino en serie que sembró el terror en la región en que vivía, en el reino de Kosala, uno de los reinos que el Buddha visitaba a menudo en sus viajes, durante los que ofrecía su enseñanza a todo tipo de personas, laicos y monjes.
Así fue como el Tathagata se enteró de la existencia de este terrible y despiadado asesino. Este estaba por culminar su propósito de asesinar mil personas. A cada una de ellas les cortaba el dedo meñique para ensartarlo en un collar que llevaba sobre su cuello para no perder la cuenta de sus crímenes. De ahí su nombre: anguli, dedos, mala, collar, collar o guirnalda de dedos.
Poco se sabe sobre el pasado de Angulimala, pero en algunas de las versiones sobre su historia se dice que era hijo de un brahman y que por esta razón estudiaba con un respetado gurú que lo educaba para llegar a ser el mismo un brahman. Era un alumno muy comprometido además de apuesto. Parece que la mujer de su maestro quiso seducirlo, pero este rechazó su oferta por encontrarla inapropiada. La mujer, llena de rencor, lo acusó ante su esposo de haberla querido violar. Lo que lo llenó de ira y quiso atentar contra su discípulo, pero la mujer, con gran astucia, propuso que lo enloquecieran por medio de sus poderes y lo convirtieran en un ser tan repudiable que otras personas fueran las que lo mataran en vez de ellos.
Enloquecido por las habilidades de su maestro y esposa, Angulimala fue convencido de que su tarea espiritual era liberar a los seres del sufrimiento por medio del único método seguro: la muerte. Además, se suponía que, si mataba mil personas, al llegar a la última, él mismo alcanzaría la liberación final.
Después de un espeluznante recorrido por caminos y aldeas en los que su habilidad y fuerza no encontraban resistencia, Angulimala se alistaba para terminar su tarea. Mientras tanto, su madre se había enterado de que el mismo rey Pasenadi de Kosala con quinientos soldados iba a capturar y a matar a su hijo. Pero ella, como toda madre amorosa, sabía que su hijo no era solo ese asesino que se había hecho tan famoso, que detrás de esa máscara de crueldad su hijo era un ser diferente, hermoso y por eso se dispuso a ir a buscarlo para protegerlo.
Al verla, Angulimala, aunque quizás la reconoció en la distancia, con su mente oscurecida, se dispuso a ir tras ella para matarla. Pero el Buda que, en ese mismo momento, se había enterado de la presencia de ambos, se interpuso en el camino entre la madre y el hijo asesino.
Angulimala, tan pronto vio al monje, cambió su objetivo y comenzó a correr tras del Buda para terminar su propósito. Pero, por más que corría detrás del Buda que andaba con un paso lento, no lo alcanzaba. Cansado de intentar atraparlo y no poder, gritó:
—Monje, para, que no puedo alcanzarte.
Y el Buda respondió:
—Angulimala, yo hace tiempo paré; el que no ha parado eres tú.
Golpeado por un rayo de comprensión súbita, Angulimala cayó a los pies del Buda y le suplicó que le explicara qué era lo que le quería decir. El Iluminado, con una voz amable y compasiva, le dijo que él había dejado de causar daño a cualquier criatura hacía mucho tiempo, pero que, por el contrario, Angulimala continuaba haciendo daño y matando a otros seres vivientes; no había sido capaz de parar. Lo instruye también sobre la necesidad de refrenar los deseos y de arrepentirse de las acciones dañinas.
Impresionado por el coraje, la bondad y la sabiduría del Buda, le suplica, vivamente arrepentido, que lo reciba como su discípulo, a lo cual el Iluminado accede de inmediato, permitiéndole ingresar a la orden de los bhikkhus. Cuando el rey Pasenadi se acerca a saludar al Buda y a advertirle de la presencia del famoso bandido que asolaba esas tierras, no reconoce a Angulimala vestido de monje con la cabeza rapada. Pero queda aún más conmovido cuando el Buda lo presenta y habla del cambio que ha tenido. Después de ver la mansedumbre de Angulimala y escuchar las palabras de Buda, le ofrece encargarse de su sostenimiento como monje, lo que Angulimala declina respetuosamente por hallarse comprometido con los votos de la sangha.
Pero a pesar de su nueva condición, la vida de Angulimala no es fácil. Cosechando los frutos de sus acciones, el odio y rencor de las víctimas que sobrevivieron a sus crímenes lo atacan frecuentemente. Pero él se acoge a la enseñanza del Buda con paciencia y humildad. Un día pasa cerca de la casa de una mujer que está sufriendo mucho durante un parto, pero al acercarse a ayudarla, esta lo rechaza de inmediato al reconocerlo.
Angulimala le cuenta muy abrumado esta experiencia al Buda, diciéndole que al ver a la mujer sufriendo tanto, él sintió un deseo sincero de ayudarla. El Iluminado le recomendó volver donde la mujer y decirle lo siguiente:
—Yo, Angulimala, desde el día que nací nunca he matado con intención de hacerlo a ningún ser humano. Que seas feliz y tengas una vida saludable, y también tu hijo que está naciendo.
—Pero, Tathagata, ¿cómo me pide esto? Sería una mentira después de todo lo que hice, incluso con su esposo y parientes.
—Bueno, entonces di lo siguiente —replicó el Buda sin más explicaciones: ‘Yo, Angulimala, después de que nací a la vida del Dharma, nunca he matado a ningún ser humano con la intención de hacerlo. Que seas feliz y tengas una vida saludable, y también tu hijo que está naciendo’.
Angulimala regresó a donde se encontraba la mujer pariendo a su hijo y repitió las palabras que el Buda le enseñó. La madre y el recién nacido terminaron el parto sin problema alguno.
Dedicado a la vida de la renuncia, a la práctica de la bondad, la compasión y la sabiduría, Angulimala llegó al Despertar espiritual. Después de su muerte, se convirtió en el Patrón de las mujeres con dificultades en el parto. En algunos países budistas, las mujeres budistas en trabajo de parto aún repiten las palabras que el Buda le transmitió a Angulimala.
Fue así como el Triple Tesoro (Buda, Dharma y Sangha) ayudó a transformar al peor de los asesinos, un verdadero «demonio», en un santo iluminado.
***
Y esto no resulta tan extraordinario si tenemos en cuenta el significado de Mara (el demonio) en la vida de Buda. Según el prestigioso profesor de budismo tibetano, el Dr. Alexander Berzin, «Shakyamuni enumera los ejércitos de Mara (que lo atacan justo antes de llegar al Despertar) como: deseo sensual, insatisfacción, hambre y sed, ansia, pereza, miedo, vaivén indeciso (duda), inquietud, anhelo por las cosas transitorias de la vida (logros, elogios, honor y fama), y alabarse a sí mismo y menospreciar a los demás. El Buda observó que, para derrotarlos, tenía que dejar de identificarse con pensamientos sobre esas cosas.» 2
Es decir, Mara y sus ejércitos no son otra cosa que los obstáculos que oscurecen nuestra mente y que nosotros mismos recreamos a través de pensamientos confusos, falsas percepciones, emociones descontroladas y fabricaciones mentales. Nuestra mente está llena literalmente de residuos y excesos provenientes de otros seres y existencias, tanto como de nuestra propia vida, que se acumulan y fermentan en nuestro interior. He ahí el lugar del sufrimiento y la insatisfacción, de las sombras y heridas sobre los que se construyen los «demonios» mentales. Finalmente, son los agentes del odio, la ambición, la lujuria, la ignorancia y todas las emociones negativas que nos perturban y convierten en víctimas y victimarios unos de otros.
Pero Mara, el demonio, no es una entidad que está afuera de nosotros para engañarnos y hacernos sumergir en la oscuridad del sufrimiento y la destrucción. En sentido estricto, Mara es también una creación mental, fruto de las acciones propias y ajenas cuyas consecuencias tenemos que afrontar. Mara es el cúmulo de la basura mental que se amontona hasta prácticamente sepultarnos. La basura no está afuera. La basura es nuestra realidad interna/externa, fruto de nuestras acciones y adherencias compulsivas. La basura, nuestros demonios, son nuestra responsabilidad. Al asumirla, estamos dispuestos a encontrar los medios hábiles para no seguir produciéndola y, ya producida, nos comprometemos a procesarla adecuadamente para mitigar el daño.
Ser un «demonio» no es una realidad permanente. Como Angulimala, cualquier ser humano puede darse cuenta de su error y transformarlo. La bondad es inmanente, tanto como la maldad. Abrazar los demonios es fruto del reconocimiento humilde de nuestra humanidad compartida.
En Las dos entradas, una de las pocas enseñanzas originales que se conservaron de Bodhidharma, el maestro fundador de la tradición del zen afirma que hay cuatro maneras de trabajar en nuestra vida cotidiana para salir de la confusión y alcanzar la liberación. Las dos primeras nos invitan a estar dispuestos a aceptar el karma, las condiciones actuales como consecuencia de las acciones del pasado propias y ajenas, y a compensar el odio fruto de la competencia y la ambición. Las otras dos nos invitan a soltar, a no fomentar ni perseguir las ansias de los deseos ingobernables, inspirados por el cultivo del Dharma virtuoso y noble que nos enseñó Buda.
Cuando los demonios se sientan en zazen, la Tierra entera, el universo entero resplandece con la paz, la sabiduría y la compasión de Buda. Con la dignidad de zazen, nuestro cuerpo-mente es una montaña de basura que se transforma y purifica; los demonios se acallan, se desarman, se pacifican…
La basura, los demonios son nuestra práctica, son el camino de nuestra transformación. Zazen es la práctica magnífica que incluye todo, la paz auténtica en que budas y demonios se abrazan y desaparecen.

Sanriki Jaramillo
Templo Sofu-ji, marzo de 2025
—————————————-
1 Angulimala Sutta: https://www.accesstoinsight.org/tipitaka/mn/mn.086.than.html
2 https://studybuddhism.com/es/estudios-avanzados/lam-rim/samsara-y-nirvana/fuerzas-demoniacas-los-cuatro-maras

2 comentarios en “El zen de los demonios: la verdadera paz que incluye todo”
Gracias por tan sabia y bondadosa reflexión. Esa parte del encuentro del Buda con Angulimala me ha sorprendido mucho desde la primera vez que la leí. Sin embargo, es ahora después de mucho tiempo que mi comprensión sobre ello se ha expandido en mi interior.
Gracias a ti por tu lectura y recepción,