La renuncia: nunca es demasiado tarde para parar

Por Sanriki Jaramillo

¿Por qué es tan difícil soltar?

A menudo, cuando se habla de renuncia, se hace referencia a su sentido literal: el propósito de soltar apegos y deseos mundanos en busca de un propósito más elevado, como la iluminación espiritual o la liberación del ciclo de sufrimiento. Dado que estos apegos y deseos se relacionan con experiencias y objetos bastante placenteros, para muchas personas no es un camino muy atrayente. Pocas veces estamos en capacidad de reconocer lo que hay detrás de las formas de placer, especialmente las que nos generan mayores ansias y expectativas. Visualizar las consecuencias de nuestras acciones no es una habilidad corriente.

Por eso quiero empezar a hablar de la renuncia de un modo ligeramente distinto, no como la renuncia a lo atractivo y placentero, sino como la renuncia al sufrimiento, como un acto de responsabilidad personal con nuestra vida a partir del reconocimiento de las consecuencias de nuestras acciones.

Para los seguidores de las enseñanzas del Buda, la vida de Siddharta Gautama Sakyamuni es un ejemplo inapreciable que llena de inspiración nuestra práctica. Ante los grandes desafíos que enfrentamos, como el cambio climático, la extinción masiva de especies y el aumento de los conflictos mundiales, debemos reconocer nuestra responsabilidad individual. Como miembros de sociedades depredadoras muy complejas, debemos preguntarnos sinceramente qué acciones nos corresponden para proteger la vida en este hogar planetario profundamente herido.

¿Es demasiado tarde para actuar? ¿Qué debemos hacer? ¿Dónde empezar? ¿Cómo podemos cambiar o, al menos, hacer parte de un cambio saludable? ¿Todavía hay tiempo para evitar o reducir las graves amenazas que hablan incluso de la desaparición humana, cuya inteligencia ya está plenamente cuestionada?

En otras circunstancias, hace 2.600 años, Siddharta atravesó por reflexiones semejantes. Muy conmovido por la realidad insatisfactoria y amenazante que él y todos sus congéneres enfrentaban en su época, no se resignó al peso de sus obligaciones sociales y familiares que delimitaban su vida de privilegios y se propuso indagar por la causa del sufrimiento y la posibilidad de superarlo.

Hijo de una familia acaudalada, de la casta Kshatriya (guerreros y gobernantes), con la mayoría de sus necesidades resueltas y con lujos escasos en su época para la mayoría, fue consciente, como muchas otras personas de ese entonces, de que la realidad social que compartían no era sana, justa, compasiva ni sabia.

A nivel mundial, el siglo VI a. e. c. marcó el final de la Edad del Hierro. Esta época corresponde a la presencia de los primeros grandes imperios (egipcio, sumerio, persa, griego, chino…) y, por lo tanto, a grandes guerras de invasión, saqueo y conquista con sus secuelas de muerte, desolación y sufrimiento intenso.

A pesar de sus privilegios, Siddharta decide renunciar a ellos. A la edad de 29 años, abandona a su esposa e hijo, su palacio, sus padres, sus vasallos, sus pertenencias, su casta y se convierte en un mendicante, en un asceta o śramaṇa que busca el conocimiento y la liberación de la ignorancia. Muchos antes ya habían seguido este camino, posiblemente descontentos como él con las condiciones sociales y espirituales de su época, dándose la que será conocida como la revolución de los ascetas.

 

Las consecuencias de nuestras acciones

No era un movimiento organizado ni sistematizado, sino más bien una tendencia social con muchas posibilidades de exploración espiritual, tanto ortodoxas (seguidoras de los Vedas y el brahmanismo vigentes) como heterodoxas (no védicas y ateas). Pero uno de los puntos centrales que daban cierta coherencia a este grupo de ascetas de diversas tendencias era el acatamiento a unos principios éticos universales. Estos principios surgieron quizás como la mejor manera de superar la crueldad y el daño que los seres humanos veníamos infligiendo desde hace siglos. Sin embargo, en los ascetas se convertían en un testimonio fehaciente de su voluntad de abandonar cualquier impedimento que obstruyera su búsqueda de comprensión y despertar.

El primero de los cinco principios era la ahimsa, la no violencia, la no agresión, el no golpear y, de manera más universal, el no matar o, en su forma asertiva, apoyar y proteger toda forma de vida. Simbólicamente, cuando renuncia a sus vestimentas de príncipe guerrero, a su caballo y su espada al llegar al bosque donde habitaban los sabios renunciantes, Siddharta deja un mundo en el que matar, agredir y hacer daño está consentido tácitamente. En ese momento se declara un ser humano “inofensivo”.

Pero el primer paso en su camino de renuncia lo dio Siddharta al dejar el hogar. La noche en que sale del palacio, se dice que contempló dormidos a su esposa Yasodhara y a su hijo recién nacido Rāhula (cuyo nombre significa “atadura”, “impedimento para llegar al despertar”). Se abstuvo de despertarlos para despedirse porque sintió que esto les causaría un mayor sufrimiento. Quizás en ese momento haya formulado el voto de no volver a verlos hasta no haber realizado su camino de liberación. También, al observar a sus concubinas durmiendo desparramadas y sin compostura, un sentimiento de desapasionamiento y desagrado le permite contemplar lo efímero y fútil de los deseos sensuales.

Recordando esta época de su vida, Buda enseñará en un sutra dirigido a sus monjes: “Las personas se encuentran atadas a sus hogares a tal punto que éstos son peores que una prisión. Eventualmente uno puede ser liberado de la prisión, pero las personas nunca piensan en dejar a sus familias. ¿No le temen acaso al control que ejercen sobre ellos las emociones, la pasión y el sexo? Aunque se encuentran en las fauces de un tigre, sus corazones están alegremente despreocupados. Porque se tiran a una ciénaga y se ahogan, a ellos se les conoce como gente común. Si logran atravesar esta puerta, se convertirán en un Arahant que trasciende la impureza».

Y con respecto a los deseos y a los placeres sensuales, añade en el mismo sutra: «Una persona con pasión y deseos es como alguien que camina en contra del viento con una antorcha encendida: seguramente se quemará la mano».

 

¿La renuncia solo es para la vida monacal?

Pero, sin duda alguna, este no es un camino sencillo de seguir. Los laicos no lo encuentran posible, y en la época de Buda tanto como en el presente, muchas personas pueden expresarse de la misma manera que hizo Tapussa:

«Venerable Ananda, señor, somos jefe de familia que nos entregamos a la sensualidad, nos deleitamos en ella, disfrutamos de ella, nos regocijamos en ella. Para nosotros —entregarnos a la sensualidad, deleitarnos en ella, disfrutar de ella, regocijarnos en ella— la renuncia parece como arrojarse a un precipicio. Sin embargo, he oído que en esta doctrina y disciplina los corazones de los monjes más jóvenes se llenan de alegría ante la renuncia, se vuelven seguros, firmes y constantes, viéndola como paz. Así pues, aquí es donde esta doctrina y disciplina es contraria a la mayoría de la gente: es decir, [este asunto de] la renuncia».

Cuando estas palabras del laico Tapussa llegaron al Buda, este respondió:

“Así es, Ananda. Así es. Incluso yo mismo, antes de mi Despertar, cuando aún era un Bodhisattva no despierto, pensaba: «La renuncia es buena. La soledad es buena». Pero mi corazón no se animaba ante la renuncia, no se sentía seguro, firme ni confiado, viéndola como paz. Pensé: «¿Cuál es la causa?, ¿cuál es la razón?, ¿por qué mi corazón no se animaba ante la renuncia, no se sentía seguro, firme ni confiado, viéndola como paz?». Entonces pensé: «No he visto las desventajas de los placeres sensuales; no he indagado en ese tema. No he comprendido la recompensa de la renuncia; no me he familiarizado con ella. Por eso mi corazón no se animaba ante la renuncia, no se sentía seguro, firme ni confiado, viéndola como paz».

El Buda Sakyamuni fue un ser humano excepcional, muy inteligente, firme, arrojado, bondadoso, sabio, paciente y, si aceptamos la teoría de la reencarnación, ya venía preparado durante muchas vidas pasadas dedicadas a la perfección para alcanzar la budeidad. Pero no es necesario idealizarlo. En la cita anterior vemos su humanidad imperfecta y todo el esfuerzo concentrado que tuvo que aplicar para llegar al Despertar. La mayoría de nosotros está lejos de poder imitarlo, de alcanzar sus virtudes y cualidades en esta vida.

Pero llegar al Despertar, ser un Buda, no es un asunto de competencia, no es el triunfo tras un largo esfuerzo, no es un reconocimiento social. No se trata de un logro, de un premio, de la escala superior a la que todos deberíamos llegar. Ser un Buda, expresar la naturaleza iluminada de todos los budas, es algo que ya está, pero que por las obstrucciones mentales, los objetos y artefactos que fabricamos con nuestra mente, no somos capaces de ver ni reconocer.

Incluso en la enunciación de las Cuatro Nobles Verdades hay un guiño extraño que desordena nuestras jerarquías habituales: lo más alto, el logro propuesto, el nirvana, no es la última, sino la Tercera Verdad Noble. ¿No habrá querido Buda con esto mostrar que el Despertar está antes del despertar, que la Iluminación está antes de la práctica, pero que solo la podemos ver y realizar a través de esta?

 

El valor de la impermanencia

¿Y qué es la práctica en el budismo? Una renuncia continua: soltar todo aquello a lo que nos podemos aferrar, porque la suposición de aferrar algo va en contra de la realidad de la existencia: ¡la impermanencia! Incluso esta verdad, si nos aferramos a ella, es una ilusión, es algo efímero, algo que pasa.

Práctica e iluminación no son dos. No están separadas. El Óctuple Noble Sendero, que a su vez es la cuarta Noble Verdad, no es estrictamente el camino que nos lleva al Despertar. Practicar cada una de las sendas “rectas” enseñadas por el Buda es encarnar la nobleza de un Buda, es ennoblecer nuestra vida al incorporar esas prácticas, al encarnarlas. Por eso algunos maestros las llaman El Óctuple Sendero que ennoblece.

En la Rueda del Dharma, no hay un orden específico. Da lo mismo comenzar por cualquier lugar. Al tomar uno, los otros siete senderos que ennoblecen se empiezan a manifestar y, si se continúa la práctica con constancia, energía y atención, será inevitable encarnar los ocho senderos simultáneamente, tal como se manifiesta en la naturaleza de un Buda auténtico. Es una rueda, y los ocho radios de la Rueda del Dharma, al girar juntos, manifiestan al Buda.

En el mundo humano nos aferramos a nuestras elecciones, endurecemos nuestros apegos, distorsionamos nuestra percepción del mundo, vivimos en la ilusión y, por lo tanto, construimos el samsara, el ciclo interminable de vidas-muertes sucesivas en las que perpetuamos el sufrimiento.

Para la mayoría de nosotros, liberarnos del sufrimiento parece una tarea irrealizable. Y ciertamente lo es: un “yo” nunca se transforma en Buda, un “yo” nunca se libera de sí mismo, pues la ilusión de su existencia justo depende de la fuerza del aferramiento. Un “yo” es una ilusión y solo existe por la firmeza con que cada uno de nosotros se identifica y se aferra a su propia creación.

La tercera característica de la existencia según el Buda y la más difícil de entender y aceptar es la que escuetamente se enuncia como “no-yo”. Buda afirmaba que la existencia se caracteriza por ser impermanente, por estar condicionada al sufrimiento y por ser “no-yo”. En otras palabras: nada está separado, nada tiene existencia independiente, no existe una individualidad aparte, con esencia propia permanente. Todo lo que existe está íntimamente interrelacionado y no son más que formas que aparecen y desaparecen sin cesar. Todo surge y vuelve al Vacío. “El vacío es las formas, las formas son el vacío”.

Pero, como decía el maestro Huang-po: “El vacío no es el vacío”, ni una especie de agujero negro en el que toda la materia y energía desaparecen. Al mismo tiempo, surgen y desaparecen las diversas formas, interconectadas, interdependientes, intercondicionadas. Según el maestro Huang-po:

“Todos los Budas y todos los seres sintientes no son otra cosa que la Mente Única, además de la cual nada existe. Esta Mente, que nunca ha tenido un comienzo, es no nacida e indestructible. No es ni verde ni amarilla, y no tiene forma ni apariencia. No pertenece a las categorías de cosas que existen o no existen, ni puede ser pensada en términos de nuevo o viejo. No es ni larga ni corta, ni grande ni pequeña, pues trasciende todos los límites, medidas, nombres, conjeturas y comparaciones. Es eso que ven ante ustedes. Si reflexionan sobre ella, de inmediato caen en el error. Es como el vacío ilimitado que no puede ser comprendido ni medido”.

 

¿A qué debemos y podemos renunciar?

Entonces, ¿a qué es lo que tenemos que renunciar? No a las cosas ni a los seres; todos tenemos una existencia fugaz, por más que se intente nada nos retiene indefinidamente. Pero vivir engañados, atrapando flores de ilusión, espejismos, fantasmas, continuamente desgarrados, angustiados, ansiosos, desesperados, tristes y estresados, es una vida desperdiciada, es una vida muy pobre.

El maestro Uchiyama lo expresó bellamente: todos debemos y podemos renunciar a la “mano del pensamiento”, esa mano mental que, a través de las palabras y los conceptos, quiere controlar, poseer y manipular todo lo que aparece en nuestra mente. Al abrir la mano del pensamiento, todo se puede soltar y dejar ir. Como dijo el Buda:

“Por lo tanto, monjes, todo lo que no es vuestro: Suéltenlo. Dejarlo será para vuestro bienestar y felicidad a largo plazo. ¿Y qué no es vuestro? La forma (el cuerpo) no es vuestro: Suéltenlo. Dejarlo será para vuestro bienestar y felicidad a largo plazo. El sentimiento no es vuestro… la percepción… las invenciones del pensamiento… la consciencia no es vuestra: Suéltenla. Dejarlo será para vuestro bienestar y felicidad a largo plazo”.

Pero esta acción que suena tan simple es quizás la más desafiante y difícil de realizar para cualquier ser humano, incluso para un monje con muchos años de práctica. Para empezar, cada cual debe hacer su propio balance, considerando las causas del malestar, del estrés o del sufrimiento presente. La pregunta ‘¿qué es lo que no soy capaz de soltar ahora que me causa tanta molestia?’, puede ser un buen comienzo. Oigamos nuestro cuerpo, auscultemos nuestros músculos y huesos, especialmente en zazen. Cualquier cosa que aparezca y sea persistente puede orientar nuestra indagación y ayudarnos a ver las trabas y enredos que fabricamos.

Todos, de una u otra manera, luchamos contra adicciones. Las hay evidentes y criticables: el alcohol, las drogas, la pornografía, los juegos de azar… Pero las hay más sutiles y socialmente toleradas: la adicción a los teléfonos móviles, al tabaco, a la comida, las compras, la fama, el ejercicio, el trabajo… En cualquiera de los casos es claro para todos que la renuncia, el abandono, la abstinencia del objeto de la adicción es saludable, beneficiosa, algo que todos aprueban por los excelentes resultados que trae no solo al adicto.

Sin embargo, terminar una adicción no es fácil; cortar un aferramiento dañino requiere lucidez y mucho valor. En muchas ocasiones uno no es capaz de reconocer el daño que sufre, pues en algunos casos hay placer y beneficios materiales a corto plazo. Como el Buddha lo dijo: “Las personas que no son capaces de renunciar al sexo y a la riqueza son como un niño que no puede resistirse a la miel que se encuentra en el filo de un cuchillo. Si bien ésta no puede saciarlo, él la lamerá y se arriesgará a cortarse la lengua en el proceso”.

Ser capaces de ver el daño, los riesgos que conlleva cualquier consumo deberían, en principio, ayudarnos a evitarlo. El Sexto Óctuple Noble Sendero, el sexto radio de la Rueda del Dharma, es el Esfuerzo Correcto. En este sendero, nuestra atención y energía están puestas en observar cómo nuestra mente puede llenarse de malas hierbas, dañinas o venenosas o, al contrario, ser un jardín de plantas nutritivas y bellas que benefician nuestra vida. Al reconocer las primeras, nuestra tarea es dejar de cuidarlas, debilitarlas y arrancarlas tan pronto como sea posible. Tal como una huerta, de la que retiramos cuidadosa y regularmente las plantas que no son alimenticias para nosotros.

Zazen es la condición excepcional para comenzar a realizar esta tarea, a fortalecer nuestra capacidad de reconocer y retirar las malas hierbas. Necesitamos parar, dejar de estar corriendo tras todo tipo de fantasmas, dejar de huir y escondernos. Todos podemos renunciar a mantener cerrada y activa la mano del pensamiento. Nunca es demasiado tarde para parar.

 

 

Sanriki Jaramillo

 

Jueves 1° de mayo de 2025

Templo Sofu-ji, Barbosa (Antioquia)

4 comentarios en “La renuncia: nunca es demasiado tarde para parar”

  1. Muchas gracias Maestro Sanriki por estas palabras. Muy oportunas y esclarecedoras. Si bien entiendo que el soltar es el camino, me cuesta mucho ya que vengo de una vida de apegos tanto materiales como inmateriales y siento que es más difícil el desapego de lo «inmaterial». Y entiendo también que del apego viene el sufrimiento y aún así cuesta practicarlo. Pero lo estoy intentando

  2. Maestro Sanriki gracias por sus palabras… queda en mí la enseñanza y la esperanza que “ Nunca es demasiado tarde para parar” para ver nuestra mente desnuda en zazen y aceptar los movimientos y cambios en ella sin juzgar pero teniendo toda la conciencia y presencia en ese momento presente.

  3. En el zen se dice que no hacemos votos por que sean realizables, sino justamente porque son imposibles de realizar. Es una forma de animarnos a vivir el proceso sin aferrarnos a los resultados. No vale la pena engañarse con la ilusión de una vida sin apegos. Lo que vale es el camino que nos conduce a ella. Lo que nos ayuda a reconocer la libertad es el «darnos cuenta» y tratar de soltar. una y otra vez. esa es nuestra práctica que no busca provecho.

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