La soledad en la práctica budista

Por Sanriki Jaramillo
El temor a la soledad
Generalmente no nos gusta estar solos o, por lo menos, no por mucho tiempo. La soledad como la muerte son experiencias que preferimos lejanas, en perspectiva. Ambas son fuente de inquietudes complejas de responder, aunque para la soledad, a menudo, encontramos muchas estrategias para escapar de ella o mitigarla.
La soledad no es un estado fácil de querer por sí solo. Somos básicamente seres sociales. Necesitamos y queremos la compañía de otros seres humanos. Para muchas personas, las condiciones de la soledad son demasiado amenazantes: abandono, aislamiento, indiferencia, insignificancia, desamparo… El sentido y valor de nuestras vidas parece depender demasiado del reconocimiento y aprecio de los demás. Aunque no lo expresemos de manera explícita, todos contamos con que alguien nos reconoce y nos quiere.
Lo mismo que el silencio, la soledad no existe de forma absoluta. Es más bien el resultado de percepciones y emociones que aparecen en diversas situaciones de la vida: la muerte de un ser querido, el duelo por una separación, un viaje largo al extranjero, la vejez, la enfermedad, la agonía, el fracaso, la vergüenza… Aquí, la soledad es un límite, una frontera en la que percibimos poderosas amenazas provenientes de lo desconocido. Una vida sin el “otro” puede resultar insoportable. Incluso algunos seres humanos y animales pueden morir por el peso de este sentimiento involuntario de soledad.
Pero, en una dirección contraria, para otras pocas personas la soledad representa un estado diferente, atractivo, deseable, estimulante, ideal… Así se pueden expresar algunos artistas, escritores, músicos, pero sobre todo, personas que siguen un camino espiritual. Las personas que se dedican a la creatividad, al estudio serio o a las prácticas contemplativas, poco beneficio sacan de la agitación y el ruido habitual en los entornos sociales o familiares. El mismo Buda lo comprobó en su proceso al despertar. Primero abandona el hogar y la vida laica; luego abandona a sus maestros y condiscípulos y, finalmente, abandona a los cinco ascetas con los que practicaba ayunos intensos y ejercicios de mortificación para realizar en solitario la Vía del Medio, sentado bajo el árbol de la Bodhi.
Un Buda y un ser ordinario
Lo que diferencia a un Buda de una persona ordinaria es la forma en que ambos se relacionan con el sufrimiento. Un Buda es aquel que, después de haber visto con profunda claridad la realidad y la causa del sufrimiento (dukkha: insatisfacción, ansiedad, estrés…) inherente a la condición humana, toma la firme determinación de superarlo, de ir más allá de su condicionamiento. Ser un Buda es haber superado el sufrimiento. Un ser humano ordinario es el que sigue atrapado en el tejido inagotable de condiciones que crean el sufrimiento, pero sin reconocerlo ni tratar de superarlo.
Con respecto a la causa del sufrimiento, esta se ha expresado como el deseo, las ansias o sed insaciable (tanha), pero de manera más gráfica y clara se ha asociado con el aferramiento a lo que es ilusorio, a la ignorancia sobre “lo que es como es”. Y según el Buda, la más grave ilusión o engaño es el “yo” como una entidad substancial y separada. La creación y la creencia en la permanencia de este “yo” es, según el budismo, la causa primera y mayor del sufrimiento.
Al poner al “yo” por delante, nuestra perspectiva de la realidad se distorsiona por completo. La iluminación de Buda fue el encuentro con lo no separado, con lo insustancial (anatman). Según el Denkoroku del maestro Keizan (1269-1325):
“Cuando el Buda Sakyamuni contempló la estrella del amanecer, alcanzó la iluminación y, en ese mismo instante, dijo:
—Todos los seres, la gran tierra y “yo” hemos alcanzado simultáneamente la Vía”.
“Todos los seres” se refiere a todos los seres humanos y no humanos, budas y bodhisattvas que han existido, existen y existirán sobre esta gran tierra que no está separada de ellos ni de ningún “yo” que se manifieste. Esta es una afirmación categórica sobre la no separación, sobre la inexistencia de entidades individuales con sustancia propia y permanencia. Quien afirma esto no es un “yo” separado, no es un individuo aparte, es el Gran Todo o Gran Yo o el Vacío, como se denomina en nuestra tradición mahayana.
En el Vacío no hay formas, ni sensaciones, ni percepciones, ni pensamientos, ni conciencia, se dice en El Sutra del corazón o de la Gran Sabiduría. Las formas son el Vacío, el Vacío es las formas. Y a través de esta comprensión nos liberamos de todos los obstáculos, dejamos el miedo y abandonamos la ilusión.
Si la base del deseo y el anhelo de establecer relaciones amorosas nace de la sensación de no estar completos, de buscar algo que nos hace falta y nos llene, el camino que seguimos no es el adecuado. Al buscar afuera, refrendamos la separación y cualquier relación que se establezca será frágil e ilusoria y estará signada por dukkha, la insatisfacción. Dado que elegimos algo externo, el temor de perderlo nos exige aferrarlo, y mientras más nos aferremos, mayor será el sufrimiento experimentado.
Este es el desafío del amor sentimental. Por su contradictoria y paradójica naturaleza, quizás sea una de las fuentes más inspiradoras para todas las formas de arte y creación. Este amor es un campo en llamas, lleno de luces enceguecedoras que nos atraen y consumen. En este campo en llamas, pocas veces se logra la ecuanimidad y muy a menudo se agotan la compasión y la bondad. Qué largo es este aprendizaje para todos. Pero el temor o el rechazo a la soledad nos impele al fuego que puede quemarnos.
La soledad como medio
La soledad para el Buda no es una meta. Es un recurso, un medio, una forma para proteger y apoyar la práctica de autoexploración y autodescubrimiento. Lo mismo que el silencio y la quietud, la soledad actúa como una defensa contra la distracción, la dispersión y el agotamiento.
El Despertar del Buda se definió en el momento en que abandonó la vida de asceta extremo que había llevado por muchos años en compañía de otros ascetas. Ni abandonar el mundo en el que los placeres sensuales estimulaban de continuo la búsqueda de placer, ni castigar el cuerpo para que no despertaran los deseos sensuales; ninguno de los dos caminos había sido el adecuado para superar el sufrimiento. Siddharta tuvo el valor de reconocerlo y, a expensas de ser reprochado por sus compañeros ascetas que lo abandonan, elige alimentarse con un poco de arroz con leche que recibe de una joven mujer (dos acciones proscritas para un asceta).
Luego, guiado por su intuición y memoria, recuerda una experiencia de su infancia. Sin ninguna preparación, experimentó tranquilidad y amplitud de consciencia (jhana en pali o dhyana en sánscrito, de donde proviene la palabra chan en chino y zen en japonés) mientras se sentaba solo en un bosquecillo. Por unos cuantos días va a permanecer solo, observando su mente y dejando ir todo lo ilusorio e innecesario. La Vía del Medio, como la llamará más tarde, demostró ser más útil que las prácticas ascéticas y de concentración que había hecho hasta entonces. Progresivamente, entra en estados cada vez más profundos y amplios de consciencia llenos de paz y felicidad hasta que, al amanecer de una intensa vigilia, al contemplar la estrella de la mañana, su mente se despeja completamente y ve con claridad que todo sufrimiento ha sido superado.
Convertido en el Despierto, Buda inicia un largo itinerario por la llanura del Ganges que solo se acabará con su muerte. Durante cuarenta y cinco años no dejará de compartir con todo tipo de personas que quisieran escucharlo sobre su experiencia y comprensión de la liberación y la paz interior.
Después del Despertar, nunca estuvo solo excepto por los cortos períodos de tiempo (días o semanas) que dedicaba a la meditación intensiva en soledad. Al renunciar al hogar, siguió una práctica común en su época que implicaba el coraje no de abandonar, sino de soltar los apegos y aferramientos de los lazos amorosos y familiares. El nombre de su único hijo fue justamente el de Rahula, que significa traba o impedimento. Buda regresó a su ciudad natal, al hogar familiar, ocho años después de su partida, cuando su hijo apenas era un bebé. El encuentro con su familia inspiró a muchos de sus parientes a seguirlo, algunos de los cuales serían unos de sus más reconocidos discípulos: su hijo, su esposa, Yasodhara, su madrastra, Mahapajapati y muchos primos (Ananda) y parientes lejanos alcanzarían el estado del despertar (arhat) siguiendo sus enseñnazas.
La no separación
En algunas tradiciones budistas se proponen prácticas muy rigurosas de soledad. Es el caso de la escuela vajrayana del budismo tibetano, en la que algunos practicantes muy comprometidos realizan al menos un retiro de tres años, tres meses y tres días de completa reclusión sin posibilidad alguna de comunicación con el mundo exterior, excepto por carta muy ocasionalmente. Después de vivir esta intensa y profunda experiencia, la Lama Tsultrim, de origen español y residente en el monasterio Dag Shang Kagyu en la región de Huesca, España, me ofreció la siguiente reflexión sobre su experiencia:
“Para mí fue una liberación. Liberación del ruido, de las emociones, de lo superfluo… En soledad puedo ser yo misma sin influencias exteriores. Tengo el silencio para escuchar lo que es importante para mi alma. Y surgen sensaciones maravillosas de amor, de ausencia de yo, de unión con lo demás…
“Solo Ser ya es maravilloso.
“El retiro significa retirarse de las emociones perturbadoras. Es un entrenamiento. Luego, sigues retirado de ellas; ya no importa si estás en soledad o no.
“También creo que no es para todo el mundo. Te tiene que gustar estar solo. O tener cierta vocación a la introspección. Incluso a los niños se les nota si juegan solos o necesitan a otros.
“Para mí, la soledad y el silencio es la libertad del Ser. Es el lugar en el que descanso y recargo el espíritu. Y si paso tiempo ahí, sin buscarlo ni esperarlo, tienen lugar experiencias de amor incondicional, de unión con todo lo demás porque ya no hay un yo que defender”.
Aunque suene paradójico, en el camino de la práctica budista y de otras tradiciones contemplativas, a veces necesitamos entrenarnos al tomar distancia de las personas, del mundo, de todas nuestras relaciones y compromisos. Esto nos permite encontrar la fuente pura e inagotable de la bondad, la compasión y la sabiduría que es esta interrelación indisoluble de todos los seres donde nada está separado.
Sentados en zazen y meditación, nos recluimos en nuestro interior. Tomamos distancia del mundo y dejamos de responder a sus continuas demandas. Aplacamos la agitación de nuestro pensamiento para que se borren las fronteras artificiales creadas por nuestra mente egoica. Así, podemos disfrutar del encuentro con el AMOR incondicional donde todos los seres se manifiestan y existen brevemente sin esencia ni sustancia propia. Si no existen seres separados, ¿cómo y dónde es posible la soledad?
En gassho,
Sanriki Jaramillo
Sofu-ji, Barbosa (Antioquia), mayo 13 de 2025.
