Parte I – La comunidad de los seres imperfectos

Un Dharma insuperable, penetrante y perfecto

rara vez se encuentra, incluso en cien mil millones de kalpas.

Pudiendo verlo, escucharlo, recordarlo y aceptarlo,

hago el voto de probar la verdad de las palabras del Tathagata.

En la sangha somos como piedras de canto rodado que se van puliendo unas contra otras con cada roce y cada contacto. Movidos por la profunda y fuerte corriente del Dharma, si no nos dejamos arrastrar por nuestras reacciones emocionales habituales, terminaremos siendo hermosas piedras redondeadas que han perdido sus asperezas y aristas cortantes.

Eso es algo que puede ocurrir en la vida de una comunidad, de una familia de elección, la sangha. Una comunidad a la que se elige habitualmente pertenecer porque todos llegamos a ella buscando resolver o superar algún aspecto difícil de nuestras vidas. Aunque al comienzo podemos engañarnos al mirar a los demás, la sensación de imperfección, la insatisfacción con aspectos de nuestro ser y el sufrimiento han dejado huellas y cicatrices visibles en todos los miembros de una sangha budista.

 

La sangha no es una idea

 

La sangha no es un grupo hipotético ni abstracto que solo existe en las palabras o en las ideas. A veces decimos que todos los seres del universo forman parte de la sangha de Buda. Suena muy lindo, pero no sé si sea algo tan fácil de sentir o de ver. Muchos nos preguntamos qué significa «todos los seres» y qué significa «salvar a todos los seres», y eso nos parece muy exagerado y fuera de lugar, pues, a duras penas, por más que vivamos en ciudades habitadas por millones de seres humanos, solo estamos rodeados de un puñado de personas con las que tenemos alguna capacidad de interacción. Por supuesto que detrás de esa afirmación hay una verdad muy poderosa por descubrir y comprender.

Pero para mí la única sangha real y tangible es la que está sentada alrededor del Dharma en este zendo. Esa es la única que podemos llamar nuestra sangha. La sangha real solo existe por la voluntad expresa de personas que deciden practicar juntas, estudiar juntas el Dharma y poner su vida personal —eso que tanto estimamos y cuidamos con tanto recelo— al servicio de los demás.

En los versos que recitamos al inicio de la charla reconocemos que tenemos el privilegio de escuchar un Dharma insuperable, penetrante y perfecto, que rara vez se encuentra en un tiempo incalculable, fuera de la dimensión humana: ¡cien mil millones de kalpas! Y al escuchar esa oferta inaudita hacemos el voto, tomamos el compromiso de verlo, escucharlo, recordarlo y aceptarlo, para ser capaces de saborear, de degustar, de probar el valor de la verdad de las palabras del Tathagata.

En mi experiencia, ese compromiso me ha tomado mucho tiempo asimilarlo por completo; quizás aún no haya terminado de hacerlo. Pero el asunto no es de tiempo. Dar el paso de una práctica para sí, de beneficio personal, a una práctica para beneficio de los otros es algo que sucede de cuando en cuando: a veces le sucede a personas que apenas comienzan a dar sus primeros pasos en el camino del Dharma y, por el contrario, veo que hay muchos practicantes que llevan bastantes años sin poder abandonar una práctica ensimismada.

 

El giro

 

Una característica de quienes dan ese giro es que comprenden que la esencia de su práctica no consiste solo en venir a meditar en grupo. Estrictamente hablando, una sangha no es un grupo de meditación.

Eso se siente desde el momento en que una persona cruza la puerta y se prepara para ingresar al zendo. Todos los detalles hablan: la puntualidad, el silencio, la actitud de respeto, la forma de vestirse, de organizar sus objetos, de poner los zapatos en el mueble, de tomar el zafu, de caminar. La persona que cuida cada uno de sus gestos y movimientos no está encerrada en su mundo personal, no está practicando algo para su beneficio, no se sienta a hacer una terapia de meditación para mejorar sus estados emocionales o mentales malsanos.

Los que dan el giro son aquellos en los que comienza a despertar el espíritu del bodhisattva, es decir, el espíritu del que pone su práctica al servicio de los demás. El bodhisattva, al ingresar por el torii y luego por la puerta, ha venido tratando de soltar sus asuntos personales y sus turbulencias interiores, y, al entrar a la casa de la sangha, hace su mejor esfuerzo por ponerse en relación con los demás. Empieza por dar su presencia y su atención. Cuida sus responsabilidades, incorpora los diversos roles propuestos en la tradición, es escrupuloso en cada actividad, no espera que le sirvan sino que procura ser útil.

 

Dukkha: el sufrimiento existe

 

Los bodhisattvas practican para apoyar y ayudar a todos los que sufren, es decir, a todos nosotros. Porque todos los que estamos aquí somos conscientes de la presencia del sufrimiento en nuestras vidas. Todos —esperemos que sea así— hemos interiorizado la primera noble verdad, la verdad de dukkha: el sufrimiento existe. Aunque muchas personas puedan creer que no sufren, es quizás porque olvidan que la forma más sutil y universal de dukkha es el estrés. O, como dice el viejo aforismo, el único sufrimiento que todos podemos soportar es el ajeno.

Pero dukkha no es solo sufrimiento. En el sentido de la palabra en pali o en sánscrito hay un aspecto constante en la vida social e íntima de los seres humanos: la imperfección.

Se podría decir que toda vida humana es un largo y continuo esfuerzo por ser mejores, por perfeccionarnos. Y eso está bien, pues es un elemento pedagógico y dinámico que, finalmente, promueve el bienestar. Pero, adentro, la conciencia de la imperfección, el afán de compararnos, de competir, de ser mejores que otros, generan un círculo de luchas y conflictos internos y externos que traen demasiado desgaste y tormento a la vida humana.

Ninguna de las personas que yo conozco practica o sigue la vía del Dharma porque sea perfecta o un iluminado. Si estamos aquí un domingo, en vez de ocuparnos de las diversas actividades propias de un día de descanso, es porque, de algún modo, somos conscientes de que algo nos falta, de que algo nos sobra, de que algo no está bien en nuestras vidas.

Esa es una muy buena y sensata definición de sangha: la comunidad de los seres imperfectos. Pero estamos aquí no para justificar nuestra imperfección ni para sentirnos cómodos al definirnos como seres imperfectos, sino porque dukkha, como afirmó Buda, puede ser superado y abandonado. Eso significa que el error, la falta, no es algo que deba evitarse. Por el contrario, el error, la imperfección, es el corazón mismo de nuestra práctica.

La sangha nos ayuda a ver nuestros errores. Zazen nos revela nuestras faltas. En la postura de nuestros cuerpos, sentados con la espalda recta, encontramos una declaración exacta de nuestros impedimentos: las barreras y obstáculos que hemos construido a lo largo de nuestra vida. Por eso nos cuesta tanto trabajo permanecer sentados en zazen: estamos demasiado acostumbrados a escondernos o a huir.

El maestro Gil Fronsdal habla de ser intolerantes al sufrimiento. Creo que es una reflexión muy buena y oportuna. Al aceptarla, asumimos la responsabilidad de superar el sufrimiento, aunque aparentemente todo en mi vida esté muy bien.

 

Una duda

 

Demasiado a menudo me siento cuestionado por mi condición de maestro zen. Estoy seguro de que muchas personas pueden observar mis errores y la torpeza con la que a veces enfrento ciertos desafíos, y me pregunto si es correcto seguir ejerciendo como maestro, cargando con tantas imperfecciones que luego descargo sobre los demás.

La respuesta a mi duda me la acaba de dar un practicante con el cual nos hemos enfrentado al difícil proceso de construir una relación maestro-discípulo:

“No creo en casualidades. Creo en sincronicidades. Para mí, la mente universal dijo: Vamos a unir a estos dos señores para que se perfeccionen el uno al otro a través de sus imperfecciones.”

Realmente, eso es lo mejor que nos podemos ofrecer en una sangha: nuestra intención de trabajar con nuestras imperfecciones y apoyarnos mutuamente en el laborioso proceso de superación.

 

La insatisfacción

 

La otra característica de dukkha que nunca deberíamos olvidar es un poco meliflua, empalagosa: la insatisfacción.

Es inherente a la naturaleza del deseo querer más, repetir las experiencias agradables, buscar el placer cómo y dónde lo ha vivido y, además, esperar que la próxima vez sea incluso mejor. Pero, como ya lo sabemos de sobra, el placer sensual nunca se satisface. El campo de la insatisfacción es muy vasto: tiene que ver con todos nuestros apetitos y con formas de complacernos y disfrutar, a veces de maneras muy insanas y poco sabias.

Es un campo empalagoso y adherente, pues en la búsqueda del placer los caminos pueden llegar a ser tortuosos, complejos, confusos. Muchas de las formas de administrar los placeres terminan siendo compulsivas, adictivas, dependientes. La insatisfacción es la base de todas las formas de adicción, y el espectro de estas va desde las más temibles —drogas, alcohol, sexo— hasta las más sutiles y socialmente incorporadas: la adicción al trabajo, a la apariencia física, a las compras.

Como rasgo dominante de la naturaleza humana, la insatisfacción moldea la mayor parte de nuestros comportamientos sociales. Esto lo sabe muy bien el mundo de las fuerzas económicas y políticas que rigen el mundo moderno: es la insatisfacción, la insaciabilidad, la voracidad de cada individuo la que sostiene la eficacia demoledora del mercado de consumo del que todos hacemos parte.

 

Contentamiento

 

El Buda no usaba la palabra «felicidad» como la usamos hoy en día. Él hablaba del contentamiento, un estado de ánimo mucho más sencillo y asequible. Es una de las cualidades o virtudes (paramitas) que un bodhisattva debe cultivar.

Mientras la felicidad parece un don fortuito, una fortuna inesperada, estar contento es una elección. Todos y todas, en nuestras vidas cotidianas, podemos decidir entre seguir quejándonos de lo que nos falta o disfrutar de lo poco e imperfecto que se nos ofrece. Parece mucho más razonable y sano.

Estar contento es estar dispuesto a aceptar las cosas malas o desagradables que se nos presentan sin rechazarlas ni juzgarlas, con la misma conciencia con la que podemos disfrutar de lo agradable y placentero, sabiendo que nada es permanente, que todo va a pasar y a terminar.

Es posible decidir si queremos permanecer del lado de los problemas o del de las soluciones. La mente aversiva no es más que una mente deseante, amargada, insatisfecha y afilada para criticar y rechazar. Estar contento es disponerse a vivir una vida completa, sin elegir ni rechazar, sin preferencias, incluyendo todo: los momentos difíciles, oscuros y poco placenteros, así como los hermosos, agradables y excitantes.

 

Ōryōki : el pulimento

 

La práctica de la sangha es muy bella y sutil. Comer de forma ceremonial con ōryōki , por ejemplo, es una práctica muy reveladora. Parece una puesta en escena, una coreografía. A mí me recuerda a algunos juegos de la infancia, cuando imitábamos las maneras de los adultos, jugando con vajillas en miniatura, y elaborábamos un montón de reglas muy precisas sobre cómo comportarnos.

En efecto, la ceremonia del ōryōki es una elaborada coreografía que a todos nos cuesta trabajo aprender en todos sus detalles. La torpeza y los errores son lo común en las primeras veces. Lo que hacemos mal son cosas de las que nadie se da cuenta, pero que uno sufre con una actitud de insuficiencia desalentadora. ¡Qué trabajo le cuesta a nuestro apreciado yo reconocer sus imperfecciones, ese perfeccionista frustrado que somos todos!

Ōryōki significa «cantidad correcta» o «solo lo necesario». La comida ceremonial nos invita a estar atentos, a ser cuidadosos con cada uno de nuestros gestos, a no derramar nada, a no dejar caer ningún utensilio, a no hacer ruido, a masticar con suavidad, a guardar silencio y, ante todo, a seguir el ritmo de la sangha. Esto es demasiado bello; es uno de los esfuerzos más exigentes para un yo acostumbrado a hacer todo a su manera y de forma descuidada. Qué entrenamiento más precioso para pulir y quitar aristas a nuestra rudeza.

En un solo gesto cabe el universo entero, dice un viejo refrán zen. Si practicamos y actuamos en nuestra vida diaria con esta conciencia, todo lo que hagamos es fruto de aquello a lo que no le falta ni le sobra nada. Esa es la práctica de la sangha, donde nuestras torpezas y distracciones se revelan en el contacto con otras personas dedicadas a lo mismo: a ver los impedimentos y soltar. O al menos a tratar de soltar, una y otra vez, muchas veces.

Cuando todos llevamos la primera cucharada del cuenco de Buda a la boca durante la ceremonia del ōryōki, es inevitable pensar en la armonía de todo el universo, en el poder de la atención y la presencia, en la constatación de que en uno solo de nuestros gestos cabe el universo entero.

 

Segunda parte: Amistades admirables, sobre por qué el Buda le dijo a Ananda que la amistad no es la mitad de la vida santa, sino toda ella.

 

Juan Felipe Jaramillo

Sanriki 

Medellín, julio 26° de 2026

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