Parte II – La comunidad de los seres imperfectos

Amistades admirables


Hay una historia de Ananda con el Buda muy ilustrativa que aparece en el Upaddha Sutta (SN 45.2).

Ananda se acerca al Buda, entusiasmado, y le dice:

«Esto es la mitad de la vida santa, Señor: la amistad admirable, la compañía admirable, la camaradería admirable.»

Y el Buda lo corrige:

«No digas eso, Ananda. La amistad admirable, la compañía admirable, la camaradería admirable son, en realidad, la totalidad de la vida santa.»

Y le explica que cuando un monje tiene como amigos y compañeros a personas admirables, se puede esperar que desarrolle y siga el Óctuple Sendero. Y añade que fue en dependencia de él mismo, como amigo admirable, que los seres lograron liberarse del nacimiento, de la vejez, de la muerte y del sufrimiento.

No es una corrección menor. Ananda ofrece una idea generosa y el Buda le dice que se quedó corto.


Mettā


La sangha es la comunidad de los «amigos de bien», de las amistades que se construyen en torno al propósito de realizar el despertar. Para el Buda la amistad era muy importante.

Mettā (en pali) o maitri (en sánscrito) ha sido traducido con frecuencia como «amor», «amor bondadoso», «amabilidad con cariño», «simpatía» o «benevolencia», lo que resalta algunas de las cualidades más notables del término. Y menos a menudo como «amistad», «buena voluntad» o «interés activo por los demás» —que quizás era el sentido que el Buda prefería usar al dirigirse a sus discípulos.

Amigos admirables, amigos de bien. No amistades cómplices, de conveniencia, manipuladoras ni utilitaristas.

En el ámbito social, muchas de nuestras amistades son circunstanciales y se basan simplemente en la conveniencia mutua. En cierto sentido somos amigos porque sacamos provecho los unos de los otros: sutilmente nos explotamos como amigos, hacemos negocios, trabajamos en algún proyecto, trazamos objetivos y metas comunes. Pero ya todos sabemos bien cómo las mejores amistades se quiebran por razones menores, cómo las mejores parejas terminan después de un tiempo, agotadas, debilitadas por conflictos mínimos.

La sangha se construye a través de amistades admirables que son mucho más profundas y transformadoras que las amistades entre amantes, esposos, parientes o amigos sociales, en las que la lealtad, el servicio desinteresado y la escucha compasiva pueden estar presentes, pero no alcanzan la categoría de admirable que el Buda ofrecía y proponía.

Por favor, entonces, no piensen que se desaconsejan las relaciones románticas o sensuales entre los miembros de la sangha por razones morales. Es porque este tipo de vínculos, basados en carencias y deseos, establecen fuertes lazos de dependencia afectiva y de apegos dañinos. Y con frecuencia, agotadas las emociones atractivas, conducen a experiencias de rupturas y sufrimientos intensos para las personas involucradas y, a menudo, también para sus círculos cercanos.

Claro que también en la sangha hay conflictos. Las discusiones y los desacuerdos se presentan; también las personalidades se exhiben y se confrontan. Nuestra condición humana no desaparece: se transforma, se pule.


No siempre son espontáneas


Las amistades admirables no siempre son espontáneas. Construirlas a menudo implica cierto grado de dificultad, exigencia, tolerancia y paciencia. Son relaciones en las que tenemos que trabajar de manera consciente para que maduren y se establezcan plenamente.

El maestro Reb Anderson cuenta que entró muy joven a la sangha, a los 25 años. Desde su primer encuentro con el maestro Shunryu Suzuki quedó muy impresionado y decidió convertirse en su discípulo. Pero durante los primeros años de práctica con el maestro tenía la sensación de que este no reparaba en él, pues no parecía darle ninguna muestra clara de afecto. Sin embargo, se quedó y continuó con su práctica como residente. Al cabo de dos años o más, un día el maestro le dio la mano y, con ese solo gesto, comprendió que él siempre lo había considerado y apreciado con interés y respeto.

Repetimos a menudo que, en la vida de la sangha y en la relación maestro-discípulo, no deberíamos tomarnos nada como personal. Nada de lo que hagamos debería hacerse por afán de reconocimiento ni por recibir una recompensa. Asumir responsabilidades en el zendo es encarnar la práctica de un bodhisattva, es decir, servir a todos los seres desinteresadamente.


Los roles


Cada uno de los roles tiene un efecto en todos los practicantes. Al ser tenken, se toca la madera para llamar a la práctica y el mokugyo que acompaña la recitación de los sutras. Al desempeñar el rol de doan, se marcan los tiempos de zazen y de kinhin y se tocan las campanas de la ceremonia. Como kokyo se entonan los sutras. Como jisha, se acompaña al doshi en las ofrendas de incienso en el jundo y al abrir el zendo.

La belleza y la armonía de los gestos, la precisión con la que cada uno encarna su rol, hacen de nuestra práctica un lugar de experiencias admirables que se acrecientan con la repetición.

A esto me refiero cuando repito que la sangha solo existe con el compromiso de practicar juntos. La cultivamos realizando cada una de las actividades que se nos ofrecen a través de los diversos roles tradicionales. Cada uno de ellos es la práctica de Buda. No deberíamos despreciar la oportunidad que se nos ofrece de practicar junto con todos los seres.


Un maestro retorcido


Esto me obliga a reflexionar sobre el rol que ejerzo. Soy el doshi, el maestro. Soy la imagen que todos observan, el ideal que muchos quisieran seguir. Pero sé que muchas veces no estoy a la altura de estas expectativas.

Como todos ustedes, continúo arrastrando muchas imperfecciones: a veces soy muy terco, muy llevado de mi parecer; a veces soy de muy mal genio; a veces digo cosas muy feas, bastante fuertes. Y soy consciente de que mucha gente se disgusta conmigo y se aleja. Quisiera ser más suave, más dulce, pero no lo logro.

En los últimos años he visto cómo un puñado de practicantes se ha comprometido sinceramente y me ha acompañado, reconociendo mis sombras y defectos, sin dejarse espantar por ellos. No vacilo en afirmar que, con estos pocos practicantes, hemos forjado amistades admirables. No alcanzo a expresar el profundo sentimiento de gratitud que esto me genera.

Soy un maestro tardío: solo recibí la transmisión a los 67 años. Quizás por eso, porque mi camino no ha sido como el de otros que han llegado de forma directa y rápida a la transmisión, ofrezco una enseñanza retorcida. Soy como el tronco de esos árboles que crecen aferrados a las rocas de los acantilados y que, azotados por los vientos fuertes, se doblan y se retuercen.

Es natural que tenga pocos discípulos. Qué privilegio construir, en compañía de ellos, esta sangha de Montaña de Silencio.

También me siento muy agradecido con mi maestro Jiryu, quien me ha apoyado y creído en mí durante los últimos diez años. Y con su maestro, mi abuelo del Dharma, el maestro Mel Weitsman, quien insistió con Jiryu para que me ordenara como sacerdote de nuestro linaje y me ofreciera la transmisión. Pero también con todas las maestras y los maestros del Zen Center de San Francisco que me observaron y estuvieron de acuerdo con la decisión de Jiryu. Solo yo pasé por un período de duda; no me sentía preparado ni calificado para esta responsabilidad.

Ya van tres años ejerciendo el rol de maestro. Este año he pasado por pruebas muy exigentes. Pero parece que, a pesar de mis imperfecciones, poco a poco voy aprendiendo a ver, escuchar, aceptar y recordar la verdad de las palabras del Tathagata.

Somos una sangha pequeña, pero muy cálida, muy comprometida. Y durante el año que llevamos en esta casa, la sensación que tengo no es la de arrastrar rocas hacia una cumbre, sino la de fluir en medio de una corriente serena en compañía de otros. Eso se siente en el color de las paredes, en la forma de nuestro zendo, en la actitud de los practicantes comprometidos. Hace seis meses me quejaba de sentirme como si viviera en una especie de caverna. Hoy ese sentimiento desapareció por completo y dejó libre el espacio al contentamiento, al bienestar de habitar en el mejor lugar posible.


No se queden como Meghiya


En el Meghiyasutta (AN 9.3), el asistente del Buda, Meghiya, se queja después de haber tratado de meditar y esforzarse solo en un huerto de mangos que le pareció ideal para alcanzar el despertar. Está frustrado: lo único que logró fue que su mente se llenara de «pensamientos sensuales, maliciosos y crueles». El Buda le dice que la primera cosa que ayuda a madurar la conciencia es:

«En primer lugar, un bhikkhu tiene buenos amigos, compañeros y socios. Esto es lo primero…»

El Buda no desestimaba la práctica solitaria, la vida de un asceta o un ermitaño. Pero a Meghiya y a sus discípulos les recomendaba la práctica en la sangha:

«De un bhikkhu con buenos amigos, compañeros y socios se puede esperar que sea ético… puede participar en una charla sobre la vida ascética, lo cual es beneficioso para abrir la mente… puede esperarse que sea enérgico… puede esperarse que sea sabio…»

El Buda sabía que esa búsqueda de espacios ideales, de condiciones extremas, no era para una mente inmadura más que otra fantasía, otro camino de frustración. Por eso le dijo a Meghiya que lo que necesitaba era un grupo de compañeros, amigos y colegas que lo apoyaran en la búsqueda de la liberación y lo protegieran de las condiciones que podían conducirlo al tormento de una mente insana.

Creo que muchos experimentan el apoyo que les da la energía de quien está sentado al lado: esas presencias silenciosas que realizan el mismo esfuerzo, que padecen y soportan las mismas dificultades, que se benefician de los mismos estímulos, que se alimentan de las mismas experiencias. Esa es la grandeza de practicar en compañía de otros.

Por favor, no se queden como Meghiya, soñando con mejores condiciones o con que algún día lo van a hacer solos si se esfuerzan lo suficiente. Si eso fuera posible para nosotros, practicantes de mentes inmaduras, ya lo hubiéramos hecho: seríamos despiertos y estaríamos representando otro rol.


El suelo y la semilla


Dice el maestro Thich Nhat Hanh que la sangha es el suelo y que cada uno de nosotros es como una semilla. Por hermosa y vigorosa que sea nuestra semilla, si la tierra no nos da vitalidad ni nos nutre adecuadamente, la semilla que somos nunca germinará.

El budismo, como el cristianismo, tiene una mitología futura, una profecía. Las escrituras hablan del Buda que nacerá en el futuro, el Buda Maitreya. Maitreya proviene del sánscrito y significa «amistoso», «benevolente», «el que tiene bondad amorosa». Es una encarnación muy apetecida, que muchos han querido usurpar.

Thich Nhat Hanh sugiere que esta encarnación probablemente no es la de una persona que lo represente, y que el legítimo Maitreya es la sangha actual, la sangha real. Yo acepto y creo que es una versión mejorada de la profecía. Si seguimos caminando engañados sobre la verdadera naturaleza de todas las cosas, continuaremos construyendo falsos líderes, delegando la responsabilidad en otros y fantaseando con la perfección. No más dioses, no más religiones, no más divisiones: el anatman (nada separado) es la esencia de la enseñanza del Buda.

Mientras tanto, golpe tras golpe, las rocas ásperas y llenas de aristas se siguen puliendo en el fondo de la corriente del Dharma.

Muchas gracias.

 

Juan Felipe Jaramillo

Sanriki 

Medellín, julio 26° de 2026

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