¿Qué se perdió en las elecciones en Colombia?

Por Sanriki Jaramillo

Maestro Zen

Esta mañana de lunes, en el nuevo solsticio de verano, muchos colombianos y colombianas celebran el triunfo de su candidato, pero, al mismo tiempo, una cantidad semejante amaneció con el peso de la derrota y la frustración. En las enseñanzas budistas, esto corresponde a algo que se llama los vientos de la impermanencia.

 
Sin embargo, esta alegría y esta tristeza son el resultado de una confrontación que no es nueva. La democracia, aunque vieja, es aún inmadura y carga el peso de muchos conflictos que tienen su origen en la mente humana. La tensión entre fuerzas conservadoras y fuerzas progresistas es estructural en nuestro mundo actual, debido, quizás, a que también lo es en la mente de cada ser humano. A nivel social, lo que ha cambiado, de uno a otro país y en diferentes momentos de la historia mundial reciente, son los equilibrios de poder y las condiciones materiales que los sostienen.


La historia muestra que ninguno de los dos polos ha «ganado» definitivamente. Lo que hay son ciclos: períodos de avance progresista seguidos de reacciones conservadoras, y viceversa. Estamos claramente en un momento de reacción y auge de extrema derecha apoyada por miembros de todas las capas sociales, pero las reacciones no son permanentes, ningún extremo o polo se impone de manera definitiva. Como la inercia de un péndulo, vamos de un extremo a otro (aunque pasamos la mayor parte del tiempo alejándonos de los extremos).

 
Cerca de trece millones de colombianos salieron a votar para apoyar una visión del mundo y del poder basada en la justicia social, en el cuidado de la madre tierra, en la libertad, en la tolerancia y el respeto por la diversidad, entre otras visiones progresistas. Pero no fue suficiente. Un número ligeramente mayor de colombianos, algunos azuzados por el miedo, la incertidumbre, el resentimiento, la desconfianza o la desinformación, lograron un triunfo, literalmente, a raya. Otros fueron impulsados por la ambición y el deseo de establecer un poder económico hegemónico, priorizando los intereses materiales de unos pocos sobre otros criterios humanos.

 
Es natural el entusiasmo de los segundos y la tristeza y desconsuelo de los primeros. A corto plazo, nos enfrentaremos a una realidad cotidiana como la que ofrece la actual democracia norteamericana y la de algunos otros países que han optado por el mismo modelo. Pero esto no es el final de este enfrentamiento y no durará mucho tiempo.

 
Así como los errores del actual gobierno, que no pudo poner freno a la corrupción ni a la violencia sistémica que azota ampliamente a todo el país, que dejó profundos vacíos de liderazgo responsable en muchos campos. Los errores de otros gobiernos conservadores fueron también el motor del crecimiento desbordante de una fuerza progresista en Colombia como nunca habíamos imaginado tener. Las fuerzas progresistas perdieron unas elecciones, pero hoy, más que nunca, están llamadas a jugar un papel excepcional en el futuro de nuestro país y del mundo entero.


La desigualdad económica extrema (Colombia es uno de los países con mayor desigualdad) produce paradójicamente votos conservadores, no progresistas. Las poblaciones empobrecidas y desorientadas son fácilmente reclutables por el discurso del miedo y el chivo expiatorio. El neocapitalismo rompe los lazos de clase y el sentido de comunidad que debería ayudar a crear una identidad que no se enfoque en el éxito individual, sino en construir una sociedad más justa para todos. El control de medios y las plataformas digitales han amplificado la polarización emocional e ideológica, que favorece al discurso reactivo. Las democracias liberales, aunque imperfectas, presentan vulnerabilidades institucionales que los movimientos autoritarios explotan eficazmente.


Sin embargo, y esto es muy importante tenerlo presente, los cambios demográficos son reales: las generaciones jóvenes en casi todos los países son consistentemente más progresistas en valores sociales, ambientales y de género. No es ideología: es una diferencia de experiencia formativa. Si el trabajo político debe tener una dirección clara, es a mantener un diálogo creativo y solidario con estos nuevos ciudadanos de nuestro planeta.


La crisis climática es el factor más crucial. Es irreversible en su trayectoria y sus consecuencias materiales —sequías, desplazamientos, colapso de ecosistemas— no pueden ser negadas indefinidamente. En algún punto, el extractivismo choca contra una pared física, no solo moral. La creciente urbanización concentra poblaciones con valores más plurales y tolerantes. Las ciudades grandes en casi todo el mundo son progresistas. La poli, como ideal, es el lugar del ágora, del debate respetuoso y constructivo, aunque difícil. Respecto al resultado de las elecciones, las lecciones de la periferia son muy valiosas. Allí, el progresismo arrolló. Esto es crucial para que el debate continúe su curso de rescate y cuidado de nuestra madre.


No tiene sentido alimentar el sentimiento de derrota y de frustración sobre el futuro durante los próximos cuatro años. La perspectiva más honesta no es que «el bien finalmente triunfa sobre el mal» sino algo más complejo y menos consolador: Lo más probable es que tendremos que vivir en medio de una fragmentación geopolítica prolongada. Algunos países y regiones se volverán por un tiempo más autoritarios y extractivistas; mientras otros desarrollarán modelos más sostenibles e igualitarios. El mundo nunca se ha movido en una sola dirección.


El riesgo real no es que la extrema derecha gane definitivamente, sino que la destrucción institucional que produce sea difícil de revertir. Las democracias son más fáciles de erosionar que de reconstruir.


La crisis climática puede actuar como un acelerador en diferentes formas: puede fomentar la cooperación y la innovación, o generar conflictos por recursos y masivas migraciones que alimenten los discursos de miedo que las fuerzas reactivas requieren.


Pero ante esa visión no optimista del presente, es donde debe surgir y fortalecerse nuestra visión y compromiso político.
El Buda fue explícito en que el sufrimiento no se resuelve con la victoria de un bando sobre otro. En varias ocasiones fue invitado a ser mediador entre reinos que se enfrentaban militarmente y la guerra en su época no era menos cruel y destructiva que lo que es ahora. Lo que él siempre señaló fue la necesidad de transformar las condiciones que producen y fomentan los conflictos de cualquier orden. La raíz del problema, él los llamó los tres venenos: codicia (lobha), odio (dosa) e ignorancia (moha). Y no es patrimonio exclusivo de un lado político. Están presentes en los movimientos progresistas también, como tristemente lo vimos durante este gobierno, incluso encarnados por los comportamientos poco sabios de sus dirigentes más notables. Esto no significa relativismo moral. Hay diferencias reales entre estas posiciones y algunas producen más sufrimiento que otras. Pero la estrategia de «derrotar al enemigo» tiende a reproducir la misma lógica que critica.


Entonces, y solo es mi modesta opinión como practicante budista, la perspectiva más sensata en la actualidad es esta: Dado que las condiciones materiales —el cambio climático, la desigualdad extrema, la ambición desmesurada, la corrupción…— están creando presiones que los discursos reactivos no pueden resolver, a mediano plazo esto debería abrir espacio para alternativas. Pero «debería» no es necesariamente «lo hará». Lo que realmente definirá el resultado es la participación activa, la ética coherente y la disposición para formar coaliciones amplias entre los movimientos que buscan la justicia y la sostenibilidad.


El optimismo no está garantizado. Pero el pesimismo tampoco está justificado. Lo que está justificado es el trabajo sostenido sin ilusión de victoria inmediata.


Juan Felipe Jaramillo

Sanriki 

Medellín, junio 22° de 2026

4 comentarios en “¿Qué se perdió en las elecciones en Colombia?”

  1. Una reflexión sabia y equilibrada. Hay un componente de transformación profunda con la IA que seguramente se sobrepondrá a la manera tradicional de analizar los asuntos «humanos». En Gassho.

    1. JUAN Felipe Jaramillo Toro

      Gracias, Andrés. La presencia de la IA, que tantos temores y especulaciones genera, ciertamente no puede ocultar todos los sesgos del poder y de las intenciones humanas. Pero además, es una concreción de metaconciencia como nunca nos habíamos sospechado. SER PENSADOS y SER PENSAMIENTO representan un majestuoso desafío. Nos invitan a repensar nuestros sofismas de individuos separados.

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