Vida-muerte es nuestro gran asunto

El tiempo no espera a nadie.
Vida-muerte es nuestro gran asunto.
No hay un instante que perder.
Eso es lo que está escrito sobre el han, la tabla de madera que se usa tradicionalmente para llamar a zazen. No es un adorno ni una sentencia decorativa: es un recordatorio urgente de la tarea que deberíamos realizar instante tras instante, y que la práctica en comunidad nos ayuda a continuar.
Golpeamos esa madera todos los días antes de zazen. Cada golpe dice lo mismo. Y sin embargo, qué difícil es escucharlo de verdad.
La muerte de un maestro
Recordemos el ejemplo de los grandes maestros de nuestra tradición.
Un año antes de su muerte, el maestro Shunryu Suzuki se dobló en pleno zazen mientras dirigía una sesshin, debido a una crisis súbita de dolor abdominal. A los pocos días le diagnosticaron un cáncer avanzado que progresó con rapidez.
Pero nunca se dejó demoler. Evitó los analgésicos más fuertes y solo aceptó medicamentos tradicionales, mientras continuaba su labor como maestro de una sangha en crecimiento. Murió durante una sesshin de Rohatsu, con un gran grupo de alumnos sentados en zazen y en compañía de su discípulo y heredero del Dharma, Richard Baker, quien estuvo a su lado hasta su último aliento. Siguiendo su propia enseñanza sobre el nirvana, continuó acompañando a su sangha a lo largo de su vida hasta el final.
Vale la pena recordar que el maestro de Suzuki, Gyokujun So-on, lo llamaba «pepino torcido»: el peor de sus discípulos, el que nunca iba a servir para nada. Ese pepino torcido murió sentado en el centro de una sangha que él mismo había sembrado en un país extranjero, en un idioma que no era el suyo, en una cultura que no era cercana. Pero la torcedura no le impidió nada.
La muerte del Buda
Lo mismo hizo el propio Buda cuando consoló a Ananda, que se quebró en llanto cuando supo que el Buda estaba próximo a morir.
«Ananda, ya es suficiente llorar tanto y lamentarse. ¿Acaso no he enseñado desde el principio que todo aquello que es amado y querido está sujeto al cambio, la separación y el cese? ¿No enseñé también que todo lo que nació, lo que llegó a existir, lo que está compuesto, está sujeto a la descomposición? ¿Cómo, entonces, alguien iba a poder decir: «¡No haya más disolución!»? ¡Ciertamente, esto no podría suceder!”
DN 16, Parte V, §31 (Anandaacchariyadhamma –
«Rasgos maravillosos de Ananda»), versículos [5.13]–[5.14]
Sus últimos tres meses de vida transcurrieron entre episodios de dolor abdominal intenso, diarreas con sangre y el lento proceso de una agonía. Y aun así, en un bosque de Kushinagara, hizo de ese período un tiempo cálido y hospitalario en el que ofreció sus últimas enseñanzas, incluso a quienes lo buscaban por primera vez.
Sus últimas palabras no fueron ni una despedida ni una revelación final. Fue una instrucción práctica: Todo lo condicionado se descompone; esfuércense con diligencia.
Solo se requiere una sincera determinación para que incluso el momento de la muerte sea expresión de una práctica sincera, en la que hasta el último aliento sea una manifestación del Dharma, una enseñanza completa.
No es algo común. La mayoría de los seres mueren con muchos deseos insatisfechos, con muchos propósitos sin realizar, con un afán de perfección que esperaba un tiempo mayor. De allí que tantas agonías y tantas muertes sean tan angustiosas y tristes.
Por eso nos sentamos
Hoy es domingo y estamos en un zazenkai, un día de prácticas intensivas de zazen. La mayoría de nosotros, si no estuviéramos sentados acá, seguramente estaríamos dedicados al descanso, a actividades placenteras, al deporte, al entretenimiento, a la vida familiar o social normal.
Pero por hoy decidimos renunciar a todo eso y vamos a pasar varias horas sentados en zazen, tratando de enderezar la espalda y mantenerla recta —aunque sea por breves instantes— para compensar nuestra tendencia a torcernos, a doblarnos, a cerrarnos.
Todo nuestro antiguo karma retorcido está escrito en el cuerpo, expresado en los gestos que hacemos. Este cuerpo, que tiene la nobleza de soportar los artilugios de la mente, se mueve y se comporta, controlado por la ilusión de un yo que cada uno fabrica mediante la actividad mental, la ideación y el pensamiento. En esa relación de dominancia desequilibrada e inarmónica, la vida de nuestro cuerpo, la vida plena de lo que somos, está limitada por el laborioso y complejo proceso de fabricación mental y de la conciencia que nos representa como un yo separado.
Hoy, en vez de la vida corriente, decidimos sentarnos, ofrecernos el espacio para darnos cuenta, para reconocer este “error” fundamental. Y soltar. Soltar esto que llamamos «mi persona», «mi yo», este pesado fantasma con el que convivimos, reinventándolo cada instante desde hace tantos años.
La gravedad
He pensado en estos días en cómo nuestra práctica de zazen se armoniza con las leyes de la física.
A propósito de la postura, en la que insistimos tanto en enderezar la espalda y mantenerla recta: muchas personas no entienden que esto no es un capricho ni por mera apariencia. Se trata de un gesto muy profundo de armonía con la fuerza más poderosa que nos mantiene pegados a la superficie de la Tierra: la gravedad.
Un cuerpo físico que se desvía de su eje gravitatorio es inestable: se deforma y cae. Eso es lo que pasa con la espalda de muchos practicantes que no logran encontrar su eje. Invierten tanta energía en posturas tensas y retorcidas que estas terminan convirtiéndose en una fuente de gran sufrimiento y dolor.
Estar en armonía con el eje gravitacional no solo muestra apertura y capacidad de soltar: también permite alcanzar el equilibrio físico con el mínimo esfuerzo. Si perdemos —o si nunca encontramos— la conciencia de la gravedad, somos seres sin armonía, sin equilibrio, sin centro.
Y hay algo más. La gravedad es la misma fuerza que nos sostiene y que, finalmente, nos derriba. Nos mantiene de pie mientras mantenemos un nivel de energía óptimo para realizar nuestras actividades diarias y nos acuesta cuando ya las agotamos, cuando necesitamos eliminar los desechos mentales y reponer las energías del sistema nervioso. Sentarse recto es reconocer el valor e importancia que esta fuerza física, que regula el universo entero, tiene en nuestras vidas.
Eso es lo que hacemos cada vez que suena el han. Aceptar el eje. Soltar lo que sobra. Sentarnos con esta vida que se está acabando, sin apuro ni demora.
¡El tiempo no espera a nadie! ¡No hay un instante que perder!
Juan Felipe Jaramillo
Sanriki
Medellín, julio 26° de 2026
